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viernes, 4 abril 2025

Ucrania, la flecha y la coraza… otra vez

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La historia está llena de ejemplos de evolución tecnológica acelerada en tiempos de guerra. La guerra de conquista de Granada, por ejemplo, fue un punto de inflexión en el que se sumaron las nuevas tecnologías y las nuevas armas y tácticas nacidas durante el final de la Reconquista que el Gran Capitán llevó a Italia y que dieron a los tercios españoles una superioridad inaudita durante ciento treinta años durante los cuales no perdieron una sola batalla.

La guerra de Ucrania está siendo también una muestra espectacular de cómo la adaptación tecnológica es fundamental para imponerse en el campo de batalla.

El mes de marzo ha marcado un cambio de tendencia en el frente ucraniano. Según estimaciones de observadores de fuentes abiertas, la famosa OSINT, durante el mes de marzo fueron destruidas mil seiscientas piezas de artillería rusas, incluyendo ciento veintidós en un solo día (el 28 de marzo). Para poner en contexto esta cifra, basta saber que todo el Ejército español solo tiene cien cañones M-109 y ochenta y dos piezas remolcadas de 155 mm. Este nivel de desgaste que está sufriendo la artillería rusa es absolutamente insostenible para cualquier ejército moderno y mucho más para las fuerzas armadas rusas que viven de las rentas del otrora poderoso ejército soviético.

Esta destrucción masiva no es fruto del azar sino de una transformación radical en la forma en la que Ucrania lleva a cabo los fuegos de contrabatería. En lugar de emplear radares avanzados que son vulnerables a la detección y al contraataque mediante misiles HARM, ha vuelto a una tecnología de hace más de un siglo: la detección acústica. De la misma manera que se intentó hacer en la primera guerra mundial, de forma poco práctica por tamaño y lentitud, hoy, gracias a la miniaturización y a la capacidad de computación disponible, se ha convertido en un método eficaz pasivo, sigiloso e imposible de interferir por medios electrónicos.

Después de la detección hay que contraatacar para destruir a las piezas de artillería enemigas y aquí Ucrania ha vuelto a demostrar que la guerra moderna ya no la gana quien tiene más acero sino quien tiene más ingenio. En lugar de responder con su propia artillería, que también podría ser objeto de fuego de contrabatería, los ucranianos están utilizando de forma masiva drones FPV equipados con carga hueca que no necesitan una precisión quirúrgica en la localización de los cañones enemigos (que sí se necesitaría para contraatacar con artillería), sino que el propio operador del dron puede buscar la pieza enemiga una vez que se sitúa sobre la zona donde ha sido aproximadamente localizada por los sistemas de detección acústica.

Contrabatería por triangulación acústica
Contrabatería por triangulación acústica

No es necesario tampoco que el dron destruya por completo los cañones o la munición enemiga y mate a todo el personal que la sirve, sino que es suficiente con dañar el tubo del arma para dejarla inservible. Y aquí es donde aparece el problema logístico de fondo para Rusia, porque la fabricación de tubos de artillería no puede seguir ni de lejos el ritmo de las pérdidas en el campo de batalla. Su fábricas apenas producen unas docenas de tubos mensuales y desde Corea del Norte apenas les llegan unas cuantas piezas autopropulsadas que se han vuelto esenciales para mantener a flote su capacidad de fuego. Por supuesto este cambio es temporal porque cabe esperar una reacción técnica rusa para adaptarse a las nuevas circunstancias y no sabemos como se producirá esa reacción, si es que llega a producirse. Por ahora la superioridad de la artillería rusa ha terminado.

Pero en el cielo la aviación rusa tampoco vive su mejor momento. Durante los pasados meses las bombas guiadas por satélite habían sido una pieza fundamental en el campo de batalla porque se trata de ingenios con doscientos cincuenta o quinientos kilos de explosivo capaces de arrasar edificios enteros o sistemas de trincheras con un solo impacto. Su importancia, su eficacia ha dado lugar a que Ucrania se centrase en buscar la manera de  sabotearlas y la ha encontrado haciendo barridos electrónicos que interfieren con el sistema ruso de satélites GLONASS. Una vez que pierden la conexión satelital, las bombas rusas caen con una precisión nula, porque sus sistemas de guiado inercial son pésimos y su error circular probable, el ECP, se amplía hasta los 200 m, lo que las hace prácticamente inútiles salvo para atacar a la población.

También es verdad que esto ha sido rápidamente captado comprendido por el bando ruso y ahora las bombas inerciales francesas y estadounidenses lanzadas por la aviación ucraniana, está siendo interferida con contramedidas electrónicas rusas aunque al disponer de sistemas de guiado inercial mucho más eficaces, propios de la alta tecnología occidental, las bombas siguen siendo mucho más precisas que las rusas.

Todo esta tendencia pone de manifiesto que la guerra siempre es una lucha constante entre la espada y el escudo, la flecha y la coraza, y que si se sigue acentuando es posible que ninguno de los dos bandos del conflicto logre mantener una superioridad sostenida en el uso del fuego indirecto, lo que podría derivar en una congelación de la guerra en términos tácticos, volver a la guerra de trincheras de la primera guerra mundial, con lo que el peso recaería de nuevo sobre la infantería, favoreciendo al defensor que en este momento (luego ya veremos cómo evoluciona la línea del frente) es Ucrania.

Todo esto viene a desmontar el relato del fin de la infantería, los tanques o los helicópteros en el campo de batalla. Los drones no sustituyen a ninguno de estos elementos sino que los complementa, sólo es una evolución más de la eterna lucha entre la flecha y la coraza, entre el ataque y la defensa. La clave está en la adaptación, en la capacidad de los países para integrar sus medios militares, industriales y humanos de forma creativa para ejercer la máxima fuerza posible.

Es verdad que el conflicto de Ucrania ha acelerado el ciclo de innovación hasta una velocidad inaudita. Ahora sólo son necesarios meses entre la aparición del problema y el despliegue de una solución en el frente. Mientras el programa del futuro avión de combate europeo, el FCAS, tiene unos plazos de veinte años de desarrollo, el sistema de contrabatería por detección acústica utilizado por los ucranianos se concibió, se desarrolló y se aplicó en cuatro meses, algo que debería romper los esquemas mentales de los Estados mayores europeos, aunque éstos seguirán centrados en las subidas de sueldo por especialidades, las convocatorias de plazas para la escuela de estado mayor y la elección del color del nuevo uniforme de gala, que es lo que realmente les preocupa.

La guerra de Ucrania también está poniendo de manifiesto que en una guerra lo que está a juego no es sólo un territorio sino una forma de concebir el ataque y la defensa. Frente a la barbarie invasora rusa que pretende arrasar y aplastar al enemigo, Ucrania está ganando no solo por las armas que desarrolla sino por la habilidad en su empleo, la inteligencia de su defensa flexible y la calidad de los aliados. En el fondo la defensa nacional no se basa solo en disponer de tecnología punta sino en tener soldados bien formados, una sociedad con una voluntad colectiva de defenderse y socios que te puedan apoyar. Los países europeos harían bien en tomar nota del ejemplo ucraniano y no confiar en que los conflictos se van a resolver solo por la diplomacia, emitiendo una nota en la que los políticos se declaren deeply concerned, sino que hay que invertir en formación y en innovación militar.

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